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Sanidad del Alma(4/4)

05/16/2010

Sanidad Interior 4/4

. Aprendiendo De Él
Cuando Jesús es el Señor de nuestras vidas, venimos a ser Sus discípulos. Un discípulo es uno que vigila, escucha y aprende de su maestro. ¿Qué es lo que podemos aprender de Jesús con relación a la sanidad de nuestras almas (sanidad interna)?

Podríamos preguntarnos: ¿Acaso Jesús se halló en circunstancias (lugares) donde Su alma fue lesionada y herida? Si lo estuvo, ¿Cómo reaccionó ante tal dolor? ¿Cómo fue su alma restaurada?

a. Él Sufrió. Jesús es el patrón o modelo perfecto de nuestras vidas. Si podemos descubrir cómo Él, en Su humanidad, afrontó y triunfó sobre todos los problemas, de seguro que también nosotros podremos hacerlo. Tornémonos a la Palabra de Dios para nuestras respuestas. El escenario donde los agravios de Jesús comenzaron, fue el Huerto o Jardín de Getsemaní:
“Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera…

Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo” (Mt 26:37, 38).

Las horas horribles que siguieron en el Calvario fueron descritas por el Profeta Isaías. Él dijo que el cuerpo de nuestro Señor sería azotado, y que por Sus heridas o llagas nosotros seríamos sanados. “Por sus llagas somos nosotros curados” (Is 53:5).

Creo que Él también sufrió en Su alma para que nuestras propias almas fueran sanadas.

Escuche estas palabras adicionales de la pluma del profeta: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho… por cuanto derramó su vida hasta la muerte…” (Is 53:11, 12).

Como fue declarado anteriormente, su terrible profecía fue cumplida durante los eventos de la crucifixión de Cristo. Él no sólo sufrió en cuerpo, sino que también su alma padeció. Fue desamparado por Sus propios discípulos y rechazado de los judíos, Su propia raza.

Ellos se burlaron de Él, le tiraron de los cabellos de Su barba hasta arrancarlos, y abofetearon Su rostro. Escupieron Su rostro, le desnudaron públicamente y, luego, le sentenciaron a morir de la muerte más vergonzosa pronunciada sobre los criminales más terribles de la época: la crucifixión. Los líderes religiosos de aquel tiempo le escarnecieron en voz alta mientras Él en silencio sufría con dolor.

¿Qué más podría haberse hecho para hacer Su agonía del alma peor? Sólo una cosa: verse abandonado por Su Padre Celestial. No podría haber una herida mayor para el corazón humano. Con todo, tenía que sufrirla. Ese era el precio que tenía que pagar por nuestros pecados.

El corazón de Su Hijo no sólo fue quebrantado, sino que como Padre Celestial, el Suyo también lo fue. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Di-s en él” (2 Co 5:21).

Cuán doloroso tuvo que haber sido aquel clamor surgido de los labios de Jesús a medida que ascendía desde la tierra hasta el cielo: “Di-s mío, Di-s mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mr 15:34). En realidad cuando la lanza fue incrustada en el costado de Jesús, lo que salió fuera de su cuerpo fue más que meramente agua y sangre: “por cuanto derramó su vida [alma] hasta la muerte…” (Is 53:12). Sí, el Señor Jesús ofreció Su alma a fin de que nosotros pudiéramos recibir sanidad para la nuestra. Sin duda alguna Él experimentó cada lesión dolorosa sufrida por el alma del hombre.

b. El Perdonó. La tensión y contorsión sobre Su alma durante aquellas horribles horas, debieron haber sido terribles. ¿Cómo mantuvo Él Su ser interno en victoria? ¿Qué era lo que protegía Su alma de la destrucción?

Creo que la respuesta puede ser encontrada en Su respuesta a Sus “atormentadores”: los líderes y soldados crueles a los pies de la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34).

¿Qué era lo que protegía y restauraba Su alma? Era el perdón. En realidad, eso es lo que tenemos que aprender de Jesús: el cómo perdonar, que es la clave o llave principal hacia la sanidad interna.

c. Tenemos Que Perdonar. ¿Recuerda usted la historia que Jesús relató acerca del hombre a quien su amo le había perdonado una gran deuda? Con todo, él no pudo perdonar a otra persona una deuda menor que le debía.

Su amo se enojó mucho con él cuando se enteró acerca de su espíritu implacable. Por consiguiente, lo mandó echar en prisión para que fuera “atormentado” por sus verdugos.

El Llamado de Jesus a Zaqueo

Jesús aplicó la historia de una manera muy personal: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mt 18:30-35).
¿Qué quiso decir Jesús con eso? Si somos negligentes en perdonar a los demás, una raíz de amargura o resentimiento puede comenzar a crecer en nuestras almas. Llegará el tiempo en el cual resultará en frutos muy amargos. Nuestras almas sufrirán si retenemos “rencores o resentimientos de enojo” contra otros.

Tal dolor traerá tormentos a cada parte de nuestras vidas: una vida que viene a ser un infierno sobre la tierra. El perdón es la llave que abre la puerta de salida de ese infierno.

El salmista estaba hablando de Jesús cuando dijo: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, Ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Sal 16:10).

Nuestras almas pueden en realidad pudrirse o corromperse en el infierno implacable. El infierno no pudo retener al Señor Jesús, porque Él ya tenía la llave del perdón en Su mano cicatrizada por los clavos.

Si usted está sufriendo de la enfermedad del alma llamada resentimiento, dé una mirada a Jesús para que le otorgue la gracia del perdón. Ese es un remedio rápido y seguro que puede traer sanidad a su alma.

Pronuncie las siguientes palabras: “Padre, perdónalos, y perdóname a mí, ahora mismo, por amor a Jesús y en Su Nombre te lo pido. ¡Puede confiar en que así sucederá!

“Se proclamara la memoria de tu inmensa bondad, y se cantara con jubilo tu victoria”(Salmo 145:7)

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