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Comentario de La Carta a Los Galatas 4

10/23/2010
Gal 1:2 “…y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia:”  

 

Dr. Martin Luther

 

En este contexto no puedo pasar por alto (aunque se trata de una cosa de poca monta) una queja levantada por muchas personas, especialmente monjes y sacerdotes, una queja tonta por cierto, pero que no obstante constituye una tentación bastante fuerte. Se quejan, en efecto, de poseer un talento que Dios les confirió, y que por tal motivo se ven en la obligación de enseñar, impelidos por el ineludible precepto del Evangelio. Y así se formó en su conciencia la asombrosamente insensata idea de que si no enseñan, están escondiendo el dinero de su señor (Mt. 25:18) y se hacen culpables de la condenación. Esto es obra del diablo, que así trata de hacerlos vacilar en la vocación a la cual fueron llamados. ¡Oh buen hermano mío! con una sola palabra Cristo te libra de esta queja. Fíjate en lo que te dice en el Evangelio: «El hombre llamó a sus siervos y les entregó sus bienes» (Mt. 25:14) . «Llamó», dice. A ti, ¿quién te llamó? Espera al que te llama, y entre tanto no te inquietes. Es más: aunque superases en sabiduría al mismo Salomón y a Daniel, debes huir más que al infierno el emitir una palabra si no tienes un llamado para ello. Si el Señor te necesita, ya te llamará. Si no te llama, tu sabiduría tampoco te hará reventar. Y además, tu gran saber ni siquiera existe en realidad, sino sólo en tu imaginación; y tonto como eres, sueñas con los frutos que con él podrías obtener. Nadie obtiene frutos con su palabra a menos que sea llamado a enseñar, sin su voluntad. Pues «uno es nuestro Maestro, Jesucristo» (Mt. 23:8). Él sólo enseña y obtiene frutos, y lo hace por medio de sus siervos por Él llamados. Mas el que enseña sin tener un llamado, inevitablemente causará daño a sí mismo y a sus oyentes; porque Cristo no está con él. Por consiguiente: cuando el apóstol dice que él no fue enviado de parte de hombres, se coloca en contraposición a los apóstoles falsos; y al decir que no fue enviado por medio de un hombre, se coloca en contraposición también a los fieles que habían sido enviados por los apóstoles, de modo que con este exordio se contrapone a tres clases de apóstoles. Tenemos además el testimonio de Jerónimo de que algunos judíos creyentes en Cristo penetraron en Galacia y enseñaron allí que también Pedro, Jacobo y Juan observaban la ley. A esto nos referiremos en otra oportunidad con más detalles.

Sin embargo, insertar en este punto una alusión a la «resurrección de los muertos» podría parecer superfluo. Pero es una amada costumbre del apóstol recordar la resurrección de Cristo, en especial cuando se dirige contra los que confían en su propia justicia. De ahí que la mencione también y aún más ampliamente, en la salutación con que comienza la carta a los Romanos, porque también allí sostiene una enérgica polémica contra los que creen que por sus buenas obras serán tenidos por justos delante de Dios. En efecto: los que así opinan, consecuentemente tendrán que negar y hasta ridiculizar la resurrección de Cristo; pues en Romanos 4:25 se lee que «Cristo fue muerto por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación ». Por esto, el que presume de poder ser justo por otro medio que no sea la fe en Cristo, rechaza a Cristo y declara superflua su pasión y resurrección. En cambio, el que cree en el Cristo que murió por los pecados, muere al mismo tiempo también personalmente al pecado con Cristo; y el que cree en el Cristo que resucitó y vive, por esta fe resucita y vive también personalmente en Cristo, y Cristo vive en él (Gál. 2:20). Por esto, en la resurrección de Cristo radica nuestra justicia y nuestra vida, no sólo por el ejemplo que constituye, sino también por la virtud que posee. Sin la resurrección de Cristo nadie resucita, por numerosas que hayan sido sus buenas obras; y viceversa, por medio de la resurrección de Cristo cualquiera resucita, por numerosas que hayan sido sus obras malas, como lo detalla más ampliamente la carta a los Romanos (Ro. cap. 6). Tal vez, la resurrección suele rememorarse en la salutación también por el hecho de que mediante la resurrección de Cristo fue dado el Espíritu Santo. Como es sabido, por el Espíritu fueron repartidos los dones del apostolado y otros, 1 Corintios 12:4-11 . De esta manera, Pablo dejaría sentado claramente que él es apóstol por voluntad divina, mediante el Espíritu cuya presencia en los creyentes es operada por la resurrección de Jesucristo.

Rev. Dr. Martin Lutero catedra universitaria de 1519.

 

 

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