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Comentario de La carta a Los Galatas 6

10/25/2010
 

 

Martin Lutero y Los Galatas

 

Galatas 1:3: “Gracia sea a vosotros y paz de Dios al Padre y de nuestro Señor Jesucristo.”

El apóstol hace una distinción entre esta gracia y paz y aquella otra que el mundo, o también un hombre, pueden darse a sí mismos. Pues la gracia de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo quita de en medio los pecados, puesto que es una gracia espiritual y oculta. Asimismo, la paz de Dios confiere al corazón humano serenidad, calma y alegría ante Dios en lo oculto, y, como se dice en otra parte: La gracia hace desaparecer la culpa, la paz hace desaparecer el castigo, de modo que «la justicia y la paz se besan y se encuentran» (Sal. 85:10). Mas cuando esto ocurre, pronto se pierde la gracia y la paz de los hombres, del mundo y la carne, es decir, la gracia y paz personal y del diablo, y en cambio se suscita la ira y la turbulenta indignación de todos. Pues el que goza de la gracia de Dios, hace lo que es del agrado de Dios, y por esto no tarda en desagradar al diablo, al mundo y a su propia carne. Mientras para Dios es un justo, para la carne y el mundo es un pecador, y así estalla la guerra -guerra por fuera, paz por dentro-. Por dentro, digo, no en una forma que pueda ser percibida y experimentada en su dulzura por los sentidos, al menos no siempre, sino invisiblemente y por medio de la fe; porque la paz de Dios sobrepasa todo entendimiento (Fil. 4:7), quiere decir, sólo está al alcance de la fe.

Lo mismo vale para el caso contrario: el que goza de la gracia del mundo y de la suya propia, el pagado de sí mismo, no tarda en pecar contra Dios e incurrir en su ira. «Cualquiera, pues», dice Santiago, «que quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios» (Stg. 4: 4) .

Consecuentemente, también en este caso estalla de inmediato la guerra -guerra por dentro con Dios, paz por fuera con el mundo- porque «no hay paz, dice el Señor, para los impíos» ( Is. 57:21) , y por otra parte, el autor del Salmo 73:3) «ve la paz de los impíos», y según el Salmo,20 «el pecador prospera en sus caminos», así que también esta guerra es una guerra oculta y es librada sin que la perciban los sentidos, por lo menos a veces.
Por lo tanto, estos cuatro pares guardan entre sí un equilibrio como pesas iguales en los dos platillos de una balanza: la gracia de Dios y la indignación del mundo; la paz de Dios y la falta de paz de parte del mundo; la gracia del mundo y la indignación de Dios; la paz del mundo y la falta de paz ante Dios. Así dice Cristo en Juan 16:33): «En el mundo tendréis aflicción, en mí en cambio tendréis paz; pero confiad: yo he vencido al mundo»; y Pablo afirma en otro pasaje de la presente carta: «Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo» es decir, no le agradaría. Así es que en su salutación, Pablo ya destacó, en resumen, su enseñanza fundamental, a saber: nadie puede ser justo sino por la gracia de Dios; por las propias obras no lo puede ser de ninguna manera. La turbación de la conciencia puede ser apaciguada únicamente por la paz de Dios, no por obra alguna a la cual se le atribuya el carácter de virtud o satisfacción.
Catedra de Martin Lutero 1519.

 

 

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