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La Sanidad Divina 2

08/04/2011

Sanidad

Hay dos principios, en lo que concierne al tema de las curaciones: uno de estos principios está en el Nuevo Testamento, con Jesus; el otro, en el Antiguo Testamento, con el pueblo de la antigua Israel. Empecemos ahora con el ministerio de Jesús. Más tarde, muchos lectores se sorprenderán al descubrir cuánto nos dice el Antiguo Testamento acerca de este tema de las curaciones.
Hace más de dos mil años – en el período comprendido del año 27 al 31 – Jesús se manifestó en la Tierra como el mensajero que nos traía la más importante noticia enviada por Dios a la humanidad. Su misión estaba profetizada (Malaquías 3.1). El mensaje era una fantástica buena nueva. ¡Era el Evangelio de Jesus el Mesias! (La palabra “Evangelio” literalmente significa “buena nueva”.)

Pero Jesus tenía a su cargo un ministerio dual, un ministerio milagroso.
Jesús vino, entre otras cosas, también para sanar a los enfermos mediante el poder divino emanado de Dios. No se trataba del poder de la mente humana que actuaba sobre la materia.
Pocas personas comprenden hasta que punto la curación de los enfermos y la expulsión de los demonios formaron parte importante del ministerio de Jesús.

Después, los apóstoles proclamaron su mismo mensaje, y también sanaron a los enfermos.

¿Qué les ocurrió al mensaje y a las sanidades?

Resulta abrumador descubrir que, desde mucho antes del termino del siglo I de nuestra era, cesaron la proclamación al mundo del Evangelio de Jesus y también el ministerio de las curaciones físicas.
Pero, ¿por qué ocurrió esto?

El mensaje de Jesus contenía el glorioso mensaje del futuro Reino de Dios. Ese mensaje era el anuncio de la futura paz mundial, del mundo del mañana, que estará rebosante de felicidad, alegría y abundancia. No era un mensaje de catástrofes. La única desaparición que ese mensaje anunciaba, era la desaparición de los males, de la infelicidad y de los sufrimientos que angustian al mundo. Era un mensaje feliz, que vaticinaba el advenimiento de la paz mundial, y de la felicidad y el bienestar universales. Pero los dirigentes del pueblo, en Judea, no comprendieron todo esto, y se llenaron de resentimiento contra el Evangelio, y también contra los milagros operados por Jesús.

Aunque estos milagros fueron realizados en público, no fueron “shows” o espectáculos de curanderismo como hoy. Jesús no era un organizador de espectáculos sensacionalistas. Simplemente se limitó a sanar a los enfermos cuando los encontraba, o cuando ellos se acercaban a Él. Sin embargo, era inevitable que estas curaciones milagrosas atrajesen la atención de enormes muchedumbres.

Muchos, por consiguiente, empezaron a creer en Él. Y esto alarmó a los principales sacerdotes a los fariseos y saduceos de la clase gobernante. Así, pues, conspiraron contra Él, procuraron que fuera condenado a muerte y, en el momento que Dios había fijado para ello, Jesus fue crucificado, posibilitando de esa manera la reconciliación del hombre con Di-s.

Continuara…

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